Lo que la noche esconde
Es la madrugada del sábado 20 de junio.
Aquí estoy: con 26 años, solo, desempleado y viviendo en mi apartamento, el cual se sostiene gracias a un seguro que, a decir verdad, y sumado a los pocos ahorros que tenía, me ha regalado varios meses de reflexión.
Son las 03:12 horas. Con un cigarrillo en la mano, no puedo evitar preguntarme: ¿cómo es que llegué a este momento?
¿Será que cada decisión que he tomado me condujo inevitablemente hasta aquí?
Durante la semana, mientras caminaba por la Plaza Yungay, recibí la llamada de mi querida amiga Cristina. Ella se ha dedicado al rubro industrial, un mundo dominado en su mayoría por hombres. Cristina, de 29 años, se caracteriza por su personalidad carismática y por una capacidad admirable para enfrentar situaciones de estrés. Siempre sale victoriosa y ha sabido ganarse su lugar en el rubro.
Me comentó que estaba confundida por el actuar de su pareja... o mejor dicho, de su compañero sexual.
Michael es de esos hombres que, frente a los ojos del mundo, parecen necesitar proteger una imagen construida sobre los muchos errores que han cometido a lo largo de su vida. Una imagen que, al parecer, no da espacio para Cristina. Durante el día, ella era presentada como una amiga más. Pero cuando caía la noche, Michael iba en busca de su compañía y de la calidez que ella le ofrecía.
¿Será que la noche hace emerger aquellas emociones que no somos capaces de enfrentar a la luz del día?
Sería una idea curiosa. Incluso poética. Quizás hasta una posible investigación.
Durante el día somos aquello que creemos que debe ser mostrado. Lo socialmente aceptable. Lo que encaja. Algo parecido a nuestra consciencia en su máximo esplendor.
Pero cuando llega la noche, emerge aquello que mantenemos oculto. Lo que evitamos nombrar. Lo que, a veces, permanece reprimido en algún rincón de la mente.
Para mí, que solo escuchaba el conflicto romántico de Cristina, la respuesta parecía simple:
—Amiga, déjalo ir.
Pero la verdad es que las personas rara vez somos tan simples.
Porque detrás de esa personalidad firme y estructurada que caracteriza a Cristina, también existe alguien que desea ser amada.
Y frente a eso, poco podía hacer yo.
Porque por más consejos que podamos ofrecer, por más evidente que parezca una respuesta desde afuera, las decisiones siempre terminan siendo tomadas en la intimidad de nuestros propios pensamientos.
El reloj me marca las 03:33.
Y quizás sea una señal.
¿De qué?
Exactamente no lo sé.
Tal vez debía escribir en este preciso momento.
Pero de algo sí estoy seguro:
La noche hace surgir en mí un deseo que durante el día intento disimular.
El deseo de ser escuchado.
Comentarios
Publicar un comentario