La mirada del otro

Mientras caminaba por las calles de Bandera junto a mi querida amiga Aurora, nos preguntábamos cuál es el verdadero límite del miedo y por qué, en tantas ocasiones, termina impulsándonos a reprimir aquello que realmente somos.

Aurora es de esas personas que permanecen fieles a quienes les entregan cariño. Tiene una nobleza que pocas veces pasa desapercibida. Sin embargo, esa misma cualidad suele convertirse en un arma de doble filo cuando se encuentra con personas incapaces de mirar críticamente su propia manera de habitar el mundo.

Cree en aquello que muchos consideran tradicional. Sueña con casarse, formar una familia y envejecer junto a la misma persona. Un sueño que, nos guste o no, todavía está profundamente ligado a la idea de éxito afectivo que heredamos de nuestra cultura.

Siempre me ocurre algo con esos ideales.

Siento que, en cierta medida, pueden limitar nuestro propio desarrollo cuando toda la atención se deposita sobre una ilusión. Y, como toda ilusión, también puede desvanecerse. Quizás el verdadero desafío no sea perseguir un futuro perfecto, sino aprender a habitar el presente, entendiendo que el tiempo y la realidad rara vez siguen el guion que imaginamos.

Aurora estudia Terapia Ocupacional. Estoy convencido de que será una gran profesional. Su carrera tiene un propósito admirable: devolver autonomía e independencia a personas que han visto limitada su vida por razones físicas, mentales o sociales.

Muy dentro de mí, solo espero que esa vocación la reserve para sus futuros pacientes y no para los hombres que llegan a su vida.

Mientras buscábamos un lugar para almorzar, llevaba una cartera sobre el hombro. Me gusta. Me acomoda. Nunca ha sido un problema para mí.

Sin embargo, mientras caminábamos entre la gente, sentí algunas miradas. No sabría decir si realmente estaban dirigidas hacia mí o si era una de esas sensaciones que aparecen cuando uno se vuelve demasiado consciente de sí mismo. Pero bastó ese instante para que apareciera la duda.

¿En qué momento una mirada adquiere tanto poder sobre nosotros? ¿Por qué, aun cuando no sabemos si realmente nos observan, somos capaces de sentirnos expuestos?

Quizás sea una inquietud superficial.

O quizás no.

Después de todo, desde que nacemos somos vistos por alguien. Nuestra existencia comienza bajo una mirada. Aprendemos quiénes somos a través de los ojos de quienes nos rodean.

Entonces pensé:

¿Será que la vida nos enfrenta constantemente a situaciones que nos devuelven a ese miedo primitivo de ser observados? ¿Será que esa mirada, presente desde nuestros primeros días, termina convirtiéndose en el juez silencioso de muchas de nuestras decisiones?

Mientras escuchaba a Aurora hablar sobre el miedo a no ser elegida, confirmé algo que llevaba un buen rato rondando mi cabeza.

Quizás el miedo no siempre nos obliga a escondernos.

A veces basta una mirada —o la sensación de ella— para empezar a modificar nuestra manera de estar en el mundo.

No porque necesariamente nos estén observando.

Sino porque hemos aprendido a vivir como si siempre hubiera alguien haciéndolo.

Y quizás ahí estaba la respuesta que Aurora y yo llevábamos buscando desde el comienzo del paseo.

Tal vez el miedo no nos cambia.

Tal vez solo nos convence de esconder aquellas partes de nosotros que alguna vez sentimos que no serían bien recibidas.

Tal vez el miedo nunca tuvo que ver con la cartera.

Ni con la ropa.

Ni siquiera con las personas que caminaban por Bandera.

Tal vez el miedo siempre estuvo en esa parte de mí que aprendió, hace mucho tiempo, que ser visto también podía significar ser juzgado.

Y mientras esperaba una mesa para almorzar, no pude evitar preguntarme si la gente realmente me estaba mirando...

...o si llevaba tantos años sintiendo esa mirada que terminé por convertirla en parte de mí.
No encontré una respuesta.

Y quizás tampoco era necesario encontrarla.

Después de todo, Aurora ya había elegido el restaurante.

Así que decidí guardar la pregunta para otro día, acomodar la cartera sobre el asiento y volver al almuerzo, a la conversación y al paseo por Bandera.

Porque hay preguntas que pueden esperar.

Y hay momentos que merecen ser vividos antes que entendidos.

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